Con apenas 50 dólares y una visión clara, el director Tomás construye 14 de junio de 1982, un cortometraje que rinde homenaje a los caídos en la Guerra de las Malvinas desde una propuesta íntima, minimalista y profundamente humana.
Lejos de apostar por la espectacularidad o la reconstrucción histórica tradicional, la obra se desarrolla en un único espacio y encuentra su fuerza en otros elementos: la interpretación contenida, el uso preciso del sonido y una puesta en escena que privilegia la tensión emocional por encima del diálogo explícito. El resultado es una experiencia que no busca explicar la guerra, sino hacerla sentir.
La narrativa se apoya en silencios, atmósferas y encuadres que transmiten incertidumbre, miedo y resistencia. Esta decisión estética convierte al cortometraje en una pieza reflexiva que invita al espectador a ocupar el lugar del soldado, a percibir el peso del contexto y a conectar con una memoria histórica desde lo sensorial más que desde lo informativo.
El trabajo de Landriscina evidencia una mirada autoral interesada en explorar realidades complejas y en dar espacio a historias que suelen quedar fuera del foco principal. Sus personajes se construyen desde la humanidad y los conflictos internos, priorizando la conexión emocional con el público por encima del artificio narrativo.
Más que una producción independiente de bajo presupuesto, 14 de junio de 1982 se posiciona como un ejemplo claro de que el cine nace de la intención y la sensibilidad. Porque cuando existe compromiso con la historia que se quiere contar, los recursos dejan de ser una limitación y se convierten en parte del lenguaje.
Con apenas 50 dólares y una visión clara, el director Tomás construye 14 de junio de 1982, un cortometraje que rinde homenaje a los caídos en la Guerra de las Malvinas desde una propuesta íntima, minimalista y profundamente humana.
Lejos de apostar por la espectacularidad o la reconstrucción histórica tradicional, la obra se desarrolla en un único espacio y encuentra su fuerza en otros elementos: la interpretación contenida, el uso preciso del sonido y una puesta en escena que privilegia la tensión emocional por encima del diálogo explícito. El resultado es una experiencia que no busca explicar la guerra, sino hacerla sentir.
La narrativa se apoya en silencios, atmósferas y encuadres que transmiten incertidumbre, miedo y resistencia. Esta decisión estética convierte al cortometraje en una pieza reflexiva que invita al espectador a ocupar el lugar del soldado, a percibir el peso del contexto y a conectar con una memoria histórica desde lo sensorial más que desde lo informativo.
El trabajo de Landriscina evidencia una mirada autoral interesada en explorar realidades complejas y en dar espacio a historias que suelen quedar fuera del foco principal. Sus personajes se construyen desde la humanidad y los conflictos internos, priorizando la conexión emocional con el público por encima del artificio narrativo.
Más que una producción independiente de bajo presupuesto, 14 de junio de 1982 se posiciona como un ejemplo claro de que el cine nace de la intención y la sensibilidad. Porque cuando existe compromiso con la historia que se quiere contar, los recursos dejan de ser una limitación y se convierten en parte del lenguaje.