


Director: Jesús Herrera Jaimes
Director: Jesús Herrera Jaimes








Crónica de una Desdicha Hereditaria es un cortometraje boliviano que se mueve desde la memoria y la culpa. La historia sigue a un joven que, al revisar su pasado, empieza a entender que gran parte de su malestar no nace de experiencias propias, sino de cargas emocionales heredadas. El conflicto no está en un hecho puntual, sino en la repetición: en aquello que se transmite sin ser nombrado.
La narración se divide en capítulos, lo que refuerza la idea de fragmento y recuerdo. El uso del blanco y negro para el pasado funciona como una decisión coherente con el tono del relato: imágenes contenidas, estáticas, donde el tiempo parece suspendido. El color aparece en el futuro como contraste, no como alivio, sino como posibilidad de distancia frente a lo vivido.
Dirigido por Samuel Arduz Villarroel y Josué Arduz Villarroel, el cortometraje apuesta por la quietud. Los planos fijos permiten que la actuación y el espacio carguen con el peso emocional sin necesidad de énfasis. La puesta en escena es sobria y consciente de sus límites.
La banda sonora está utilizada con precisión, entrando solo en momentos clave y reforzando la tensión emocional sin imponerse sobre la imagen. El trabajo sonoro, junto a la composición visual, construye una atmósfera marcada por la nostalgia.
La película aborda temas como la culpa, los traumas familiares, la salud mental y el suicidio desde una posición respetuosa y medida. No busca explicar ni resolver, sino exponer un estado emocional. Las actuaciones acompañan ese tono con solidez y contención.
Crónica de una Desdicha Hereditaria es una obra íntima y directa, que propone una reflexión sobre la herencia emocional y la dificultad de romper ciclos. Un cortometraje que confía en la imagen y en el silencio para decir lo esencial.
Crónica de una Desdicha Hereditaria es un cortometraje boliviano que se mueve desde la memoria y la culpa. La historia sigue a un joven que, al revisar su pasado, empieza a entender que gran parte de su malestar no nace de experiencias propias, sino de cargas emocionales heredadas. El conflicto no está en un hecho puntual, sino en la repetición: en aquello que se transmite sin ser nombrado.
La narración se divide en capítulos, lo que refuerza la idea de fragmento y recuerdo. El uso del blanco y negro para el pasado funciona como una decisión coherente con el tono del relato: imágenes contenidas, estáticas, donde el tiempo parece suspendido. El color aparece en el futuro como contraste, no como alivio, sino como posibilidad de distancia frente a lo vivido.
Dirigido por Samuel Arduz Villarroel y Josué Arduz Villarroel, el cortometraje apuesta por la quietud. Los planos fijos permiten que la actuación y el espacio carguen con el peso emocional sin necesidad de énfasis. La puesta en escena es sobria y consciente de sus límites.
La banda sonora está utilizada con precisión, entrando solo en momentos clave y reforzando la tensión emocional sin imponerse sobre la imagen. El trabajo sonoro, junto a la composición visual, construye una atmósfera marcada por la nostalgia.
La película aborda temas como la culpa, los traumas familiares, la salud mental y el suicidio desde una posición respetuosa y medida. No busca explicar ni resolver, sino exponer un estado emocional. Las actuaciones acompañan ese tono con solidez y contención.
Crónica de una Desdicha Hereditaria es una obra íntima y directa, que propone una reflexión sobre la herencia emocional y la dificultad de romper ciclos. Un cortometraje que confía en la imagen y en el silencio para decir lo esencial.