


Director: Jesús Herrera Jaimes
Director: Jesús Herrera Jaimes





Inspirado en El corazón cenicero (The Ashtray Heart), Despertó el instinto se inscribe dentro de un cine que incomoda desde lo cotidiano. Lejos de la violencia explícita o del dramatismo excesivo, el cortometraje construye una tensión contenida y progresiva, sostenida en silencios, miradas y gestos mínimos. En el centro de esta propuesta se encuentra la voz autoral de Gabriel Castillo Suescún, quien traslada su propio universo literario al lenguaje cinematográfico con notable coherencia.
Para Castillo, el cine es una extensión natural de su escritura. En Despertó el instinto, esta relación se traduce en una puesta en escena sobria y precisa, donde cada decisión formal responde más a una pregunta ética que a un artificio estético. El director evita imponer un juicio explícito y opta por situar al espectador en el mismo lugar incómodo que habita su protagonista.
La historia sigue a Cloe, una joven que acepta a regañadientes un turno nocturno en un bar tras una llamada inesperada. El espacio se convierte en un territorio de rutina y desgaste emocional, donde la apatía parece anestesiar cualquier reacción. Durante una pausa para fumar en el patio, Cloe percibe algo inquietante en una mesa ocupada por una pareja. A partir de ese momento, la neutralidad deja de ser una opción.
La cámara de Castillo observa con distancia, pero nunca con frialdad. Su dirección privilegia la espera, el tiempo muerto y la incomodidad, reflejando su formación literaria y su interés por los conflictos internos por encima de la acción directa. Esta elección refuerza uno de los ejes centrales del cortometraje: la violencia que se perpetúa cuando es normalizada y nadie decide intervenir.
Aunque nace de un pasaje literario, Despertó el instinto se sostiene con fuerza como obra cinematográfica autónoma. La idea del “corazón cenicero” permanece como una metáfora subyacente: un lugar donde se acumulan culpas ajenas, silencios heredados y escenas presenciadas sin respuesta. Castillo transforma esa imagen en una experiencia que interpela directamente al espectador: ¿cuántas veces hemos sido testigos de algo que exigía una reacción y optamos por callar?
Este cortometraje forma parte de una filmografía coherente, en la que el director adapta fragmentos específicos de su propia obra, construyendo un universo autoral donde cine y literatura dialogan sin jerarquías. Despertó el instinto no es solo una adaptación, sino una reafirmación de una mirada creativa interesada en la fragilidad moral, la responsabilidad individual y el peso de la inacción.
Más que ofrecer respuestas cerradas, la obra confirma el compromiso de Gabriel Castillo Suescún con un cine que observa, espera y confronta. Un cine que entiende que, en ocasiones, el verdadero conflicto no está en lo que ocurre, sino en lo que decidimos hacer —o no hacer— cuando ocurre
Inspirado en El corazón cenicero (The Ashtray Heart), Despertó el instinto se inscribe dentro de un cine que incomoda desde lo cotidiano. Lejos de la violencia explícita o del dramatismo excesivo, el cortometraje construye una tensión contenida y progresiva, sostenida en silencios, miradas y gestos mínimos. En el centro de esta propuesta se encuentra la voz autoral de Gabriel Castillo Suescún, quien traslada su propio universo literario al lenguaje cinematográfico con notable coherencia.
Para Castillo, el cine es una extensión natural de su escritura. En Despertó el instinto, esta relación se traduce en una puesta en escena sobria y precisa, donde cada decisión formal responde más a una pregunta ética que a un artificio estético. El director evita imponer un juicio explícito y opta por situar al espectador en el mismo lugar incómodo que habita su protagonista.
La historia sigue a Cloe, una joven que acepta a regañadientes un turno nocturno en un bar tras una llamada inesperada. El espacio se convierte en un territorio de rutina y desgaste emocional, donde la apatía parece anestesiar cualquier reacción. Durante una pausa para fumar en el patio, Cloe percibe algo inquietante en una mesa ocupada por una pareja. A partir de ese momento, la neutralidad deja de ser una opción.
La cámara de Castillo observa con distancia, pero nunca con frialdad. Su dirección privilegia la espera, el tiempo muerto y la incomodidad, reflejando su formación literaria y su interés por los conflictos internos por encima de la acción directa. Esta elección refuerza uno de los ejes centrales del cortometraje: la violencia que se perpetúa cuando es normalizada y nadie decide intervenir.
Aunque nace de un pasaje literario, Despertó el instinto se sostiene con fuerza como obra cinematográfica autónoma. La idea del “corazón cenicero” permanece como una metáfora subyacente: un lugar donde se acumulan culpas ajenas, silencios heredados y escenas presenciadas sin respuesta. Castillo transforma esa imagen en una experiencia que interpela directamente al espectador: ¿cuántas veces hemos sido testigos de algo que exigía una reacción y optamos por callar?
Este cortometraje forma parte de una filmografía coherente, en la que el director adapta fragmentos específicos de su propia obra, construyendo un universo autoral donde cine y literatura dialogan sin jerarquías. Despertó el instinto no es solo una adaptación, sino una reafirmación de una mirada creativa interesada en la fragilidad moral, la responsabilidad individual y el peso de la inacción.
Más que ofrecer respuestas cerradas, la obra confirma el compromiso de Gabriel Castillo Suescún con un cine que observa, espera y confronta. Un cine que entiende que, en ocasiones, el verdadero conflicto no está en lo que ocurre, sino en lo que decidimos hacer —o no hacer— cuando ocurre