Estoy cansado de despertarme contigo

Director: Jesús Herrera Jaimes

View of the French countryside through a stone villa’s open living room, with sofas and trees framing the scene

Nada que no haya soñado

DIRECTOR: Jesus Topalian

NADA QUE NO HAYA SOÑADO

DIRECTOR: Jesus Topalian

View of the French countryside through a stone villa’s open living room, with sofas and trees framing the scene

Nada que no haya soñado

DIRECTOR: Jesus Topalian

NADA QUE NO HAYA SOÑADO

DIRECTOR: Jesus Topalian

Estoy cansado de despertarme contigo

Director: Jesús Herrera Jaimes

View of the French countryside through a stone villa’s open living room, with sofas and trees framing the scene

Nada que no haya soñado

DIRECTOR: Jesus Topalian

NADA QUE NO HAYA SOÑADO

DIRECTOR: Jesus Topalian

sinopsis

Damian despierta de una caida buscando a Luna. En su intento por encontrarla, atraviesa recuerdos que se repiten como sueños rotos, hasta descubrir que el verdadero infierno no está afuera, sino dentro de él.

Damian despierta de una caida buscando a Luna. En su intento por encontrarla, atraviesa recuerdos que se repiten como sueños rotos, hasta descubrir que el verdadero infierno no está afuera, sino dentro de él.

SINOPSIS

Damian despierta de una caida buscando a Luna. En su intento por encontrarla, atraviesa recuerdos que se repiten como sueños rotos, hasta descubrir que el verdadero infierno no está afuera, sino dentro de él.

Woman in a light suit sitting thoughtfully against a terracotta wall
Woman in a light suit sitting thoughtfully against a terracotta wall

Sebastian Borjas Villalobos (Lima, 1998) es director y
guionista nacido en Perú y formado cinematográficamente
en España. Se graduó en 2023 en la carrera de dirección
cinematográfica en la ECIB Escola de Cinema de Barcelona.
Decir adiós es su ópera prima como director.

Reseña by a98studios

Reseña by a98studios

El cortometraje Nada que no haya sonado, dirigido por Jesús Topalian desde Venezuela, es una obra que se mueve entre la fantasía y el drama con una apuesta clara por el lenguaje visual y la atmósfera. Más que apoyarse en explicaciones directas, el corto construye su sentido a partir de metáforas, silencios y una narrativa que sugiere antes que afirmar.

La historia gira alrededor de una relación, pero el interés del cortometraje no está solo en el vínculo entre los personajes, sino en cómo se nos revela. Topalian maneja un ritmo tenso, cercano al suspenso y al melodrama, que mantiene la sensación de que algo está ocurriendo detrás de lo visible. El espectador no recibe todas las respuestas; en cambio, es invitado a preguntarse constantemente qué está pasando y qué significa cada escena.

Uno de los elementos más sólidos del corto es su tratamiento visual. Las imágenes oscuras y el uso constante de sombras colocan a los personajes en un terreno de misterio. La iluminación no funciona solo como recurso estético, sino como parte fundamental de la narrativa: marca los cambios, define los climas emocionales y orienta la lectura de cada momento.

El cortometraje también se permite explorar un tono experimental. En ese recorrido aparecen la fantasía, el drama, el suspenso e incluso ciertos matices de terror, más sugerido que explícito. Esta mezcla de registros le da a la obra una identidad particular y la aleja de estructuras convencionales.

Las actuaciones, por momentos, refuerzan esa sensación de extrañeza. Hay escenas donde el trabajo corporal y los silencios recuerdan a la lógica de una puesta teatral, como si el espacio y la presencia de los personajes fueran tan importantes como el diálogo mismo. Esto aporta intensidad y hace que algunas secuencias se sientan más contenidas y tensas.

La música, los colores intensos y el contexto nocturno —marcado por ambientes de fiesta— terminan de construir el universo del corto. Ese contraste entre lo festivo y lo inquietante genera una sensación interesante: el relato parece avanzar dentro de una noche larga, impredecible, donde cualquier cosa puede suceder.

En conjunto, Nada que no haya sonado funciona como una experiencia sensorial más que como un relato tradicional. Su fuerza está en la atmósfera, en la forma en que usa la luz, el ritmo y el simbolismo para sostener la tensión. Jesús Topalian propone un cortometraje que no busca ser completamente explícito, sino dejar una impresión, una duda, una imagen persistente en la mente del espectador.

Decir adiós es un cortometraje que encuentra su fuerza en lo simple. No necesita grandes giros ni discursos extensos para sostenerse; le basta con una situación emocional clara y bien trabajada: la relación complicada entre un padre y su hijo, marcada por el pasado, el silencio y todo aquello que quedó pendiente entre ambos.

La dirección de Sebastián Borjas apuesta por la contención, y esa decisión es clave. La historia no intenta explicar cada emoción, sino dejar que el espectador la perciba. Hay pausas incómodas, miradas cargadas y momentos en los que el silencio pesa más que cualquier diálogo. Esa tensión constante hace que uno sienta que algo importante está por revelarse, y esa expectativa emocional mantiene el interés durante todo el corto.

Uno de los mayores logros de la obra está en sus actuaciones. Se sienten naturales, sin exageraciones, permitiendo que el conflicto se desarrolle con credibilidad. El dolor, el rencor y el resentimiento aparecen de forma sutil, como suele pasar en la vida real: no en grandes estallidos, sino en pequeños gestos, en la forma de hablar, en lo que los personajes evitan decir. Eso hace que la historia resulte cercana y fácil de reconocer emocionalmente.

En lo visual, el cortometraje demuestra un cuidado notable. La fotografía está muy bien trabajada y ayuda a construir una atmósfera íntima, casi personal, que acerca al espectador al estado emocional del protagonista. No es una fotografía que busque llamar la atención por sí sola, sino acompañar el tono del relato y reforzar la sensación de cercanía.

El montaje mantiene un ritmo adecuado, permitiendo que cada momento tenga el tiempo necesario para sentirse sin volverse lento. Nada parece apresurado, pero tampoco sobra. La banda sonora entra con precisión y cumple su función sin imponerse, reforzando los estados emocionales y ayudando a sostener la tensión en los momentos clave.

Pero más allá de lo técnico, lo que realmente deja huella en Decir adiós es su tema central: la dificultad de despedirse cuando hay palabras que nunca se dijeron. El corto habla de esas conversaciones pendientes, de las heridas que el tiempo no borra por sí solo, y de lo complejo que puede ser enfrentar a alguien con quien existe una historia emocional sin resolver.

Es una obra que no busca impactar desde el espectáculo, sino desde la honestidad. Y justamente por eso funciona: porque se siente sincera, cercana y emocionalmente real. Un cortometraje que demuestra que, cuando la dirección es sensible y la historia está bien enfocada, los pequeños momentos pueden decir mucho más que los grandes discursos.