Estoy cansado de despertarme contigo

Director: Jesús Herrera Jaimes

View of the French countryside through a stone villa’s open living room, with sofas and trees framing the scene

Opera de un corazón roto en mil pedazos 

DIRECTOR: JACOB VARGAS 

Opera de un corazón roto en mil pedazos 

DIRECTOR: Jacob Vargas


Estoy cansado de despertarme contigo

Director: Jesús Herrera Jaimes

View of the French countryside through a stone villa’s open living room, with sofas and trees framing the scene

Opera de un corazón roto en mil pedazos 

DIRECTOR: JACOB VARGAS 

Opera de un corazón roto en mil pedazos 

DIRECTOR: Jacob Vargas


sinopsis

Valeria pelea con su novio en el teléfono, mientras que una montaña rusa de nexplicables emociones surgen en su habitación.

Valeria pelea con su novio en el teléfono, mientras que una montaña rusa de nexplicables emociones surgen en su habitación.

SINOPSIS

Valeria pelea con su novio en el teléfono, mientras que una montaña rusa de inexplicables emociones surgen en su habitación.

Woman in a light suit sitting thoughtfully against a terracotta wall

Sebastian Borjas Villalobos (Lima, 1998) es director y
guionista nacido en Perú y formado cinematográficamente
en España. Se graduó en 2023 en la carrera de dirección
cinematográfica en la ECIB Escola de Cinema de Barcelona.
Decir adiós es su ópera prima como director.

Tomás es un cineasta enfocado en la dirección, la escritura de guiones y la fotografía. Su pasión por el cine comenzó en la infancia y, aunque sus primeros estudios fueron autodidactas, actualmente asiste a la Escuela Profesional de Cine Eliseo Subiela, donde continúa desarrollando y perfeccionando sus habilidades.

Jacob Vargas González es un director de cine de Veracruz, México. Estudió en la Escuela Veracruzana de Cine Luis Buñuel. Fundador del colectivo cinematográfico Bioskop. Ha sido

miembro de diferentes proyectos cinematográficos y es colaborador del Centro de Estudios e Investigación Cinematográfica (CEIC). Cuenta con 4 cortometrajes entre los que destacan "Ojos al Sol y a la Sombra" (nominado a mejor guion en el Festival Cine de Miel, festival con el apoyo del IMCINE), "Ópera: de un corazón roto en a mil pedazos" (ganador a mejor cortometraje veracruzano en el Festival de Cortometrajes de TecMilenio) y "Reflexiones de una Mente Incoherente" realizado

con el apoyo de la Universidad Veracruzana, parte del festival cultural Cumbre Tajín 2025.

Jacob Vargas González es un director de cine de Veracruz, México. Estudió en la Escuela Veracruzana de Cine Luis Buñuel. Fundador del colectivo cinematográfico Bioskop. Ha sido miembro de diferentes proyectos cinematográficos y es colaborador del Centro de Estudios e Investigación Cinematográfica (CEIC). Cuenta con 4 cortometrajes entre los que destacan "Ojos al Sol y a la Sombra" (nominado a mejor guion en el Festival Cine de Miel, festival con el apoyo del IMCINE), "Ópera: de un corazón roto en a mil pedazos" (ganador a mejor cortometraje veracruzano en el Festival de Cortometrajes de TecMilenio) y "Reflexiones de una Mente Incoherente" realizado con el apoyo de la Universidad Veracruzana, parte del festival cultural Cumbre Tajín 2025.

Reseña by a98studios

Reseña by a98studios

Jacob Vargas presenta un cortometraje dramático, intenso y marcadamente teatral, una obra que no busca ser cómoda sino emocionalmente frontal.

Desde el inicio, la película nos coloca dentro del mundo de un personaje femenino quebrado, triste y atravesado por cambios de humor constantes. No hay intento de suavizar el conflicto: el cortometraje se sostiene en esa fragilidad expuesta y en la incomodidad que produce observarla.

Visualmente, la obra encuentra su mayor fortaleza. El paso del blanco y negro al color no funciona como adorno, sino como reflejo emocional. El manejo de cámara resulta clave para meternos en la mente del personaje: movimientos cercanos, encuadres que aprietan, y una relación de aspecto que se modifica en los momentos de mayor intensidad, encerrándonos literalmente con ella. En esos instantes, el cuadro deja de ser espacio cinematográfico y se vuelve una especie de prisión emocional.

El cortometraje construye su fuerza a partir de momentos de drama puro: gritos, silencios incómodos, tensión acumulada y un desenlace que golpea. Todo contribuye a transmitir lo que sucede en la cabeza de alguien con el corazón roto. El ritmo, poco convencional y cercano a lo experimental, empuja la película hacia un terreno incómodo, pero precisamente ahí encuentra su identidad.

El propio director ha explicado que la obra nace de una experiencia personal durante los meses más duros de la pandemia. Fue un periodo marcado por la ansiedad, pensamientos oscuros y una relación emocionalmente dependiente que logró superar gracias a la terapia, el apoyo de amigos y el cine. El cortometraje surge entonces como una forma de compartir esos sentimientos: una montaña rusa de amor, desesperación y vulnerabilidad que busca conectar con el espectador, incluso hacerlo llorar.

También hay un componente íntimo en su mirada sobre el llanto y la sensibilidad. Vargas recuerda que de niño era muy sensible y que llorar era su forma de desahogo, algo que su padre —criado en otra época— veía como debilidad. Hoy, esa sensibilidad se convierte en materia prima artística: el cortometraje funciona como una defensa de la emoción, del dolor expresado y de la necesidad humana de liberar lo que nos rompe por dentro.

Ópera de un corazón roto en mil pedazos no pretende ser un relato tradicional. Es una experiencia emocional, experimental y dramática que apuesta por llevar al espectador hacia lo incómodo para recordarle algo simple: sentir también puede doler, pero callarlo duele más.


Jacob Vargas presenta un cortometraje dramático, intenso y marcadamente teatral, una obra que no busca ser cómoda sino emocionalmente frontal.

Desde el inicio, la película nos coloca dentro del mundo de un personaje femenino quebrado, triste y atravesado por cambios de humor constantes. No hay intento de suavizar el conflicto: el cortometraje se sostiene en esa fragilidad expuesta y en la incomodidad que produce observarla.

Visualmente, la obra encuentra su mayor fortaleza. El paso del blanco y negro al color no funciona como adorno, sino como reflejo emocional. El manejo de cámara resulta clave para meternos en la mente del personaje: movimientos cercanos, encuadres que aprietan, y una relación de aspecto que se modifica en los momentos de mayor intensidad, encerrándonos literalmente con ella. En esos instantes, el cuadro deja de ser espacio cinematográfico y se vuelve una especie de prisión emocional.

El cortometraje construye su fuerza a partir de momentos de drama puro: gritos, silencios incómodos, tensión acumulada y un desenlace que golpea. Todo contribuye a transmitir lo que sucede en la cabeza de alguien con el corazón roto. El ritmo, poco convencional y cercano a lo experimental, empuja la película hacia un terreno incómodo, pero precisamente ahí encuentra su identidad.

El propio director ha explicado que la obra nace de una experiencia personal durante los meses más duros de la pandemia. Fue un periodo marcado por la ansiedad, pensamientos oscuros y una relación emocionalmente dependiente que logró superar gracias a la terapia, el apoyo de amigos y el cine. El cortometraje surge entonces como una forma de compartir esos sentimientos: una montaña rusa de amor, desesperación y vulnerabilidad que busca conectar con el espectador, incluso hacerlo llorar.

También hay un componente íntimo en su mirada sobre el llanto y la sensibilidad. Vargas recuerda que de niño era muy sensible y que llorar era su forma de desahogo, algo que su padre —criado en otra época— veía como debilidad. Hoy, esa sensibilidad se convierte en materia prima artística: el cortometraje funciona como una defensa de la emoción, del dolor expresado y de la necesidad humana de liberar lo que nos rompe por dentro.

Ópera de un corazón roto en mil pedazos no pretende ser un relato tradicional. Es una experiencia emocional, experimental y dramática que apuesta por llevar al espectador hacia lo incómodo para recordarle algo simple: sentir también puede doler, pero callarlo duele más.