


Director: Jesús Herrera Jaimes
Director: Jesús Herrera Jaimes




En el cortometraje experimental “The Addiction”, William Viera no construye una narrativa convencional: convoca una experiencia. Una inmersión total que arrastra al espectador hacia un territorio donde el caos, la catástrofe y lo alucinatorio se funden en una sola pulsión cinematográfica.
Desde sus primeros instantes, la obra se percibe como una caída libre. El montaje —fragmentado, agresivo, casi febril— rompe cualquier linealidad y convierte el tiempo en una materia maleable, impredecible. La corrección de color no embellece: irrumpe, distorsiona, hiere la imagen hasta volverla una extensión del estado emocional que atraviesa la pieza. A esto se suma un diseño sonoro crudo, saturado por momentos, que no acompaña la imagen, sino que la confronta, la tensiona, la empuja hacia un límite sensorial donde todo parece a punto de colapsar.
Aquí es donde Viera se permite lo que muchos cineastas evitan: el exceso, el riesgo, la pérdida de control como lenguaje. The Addiction se convierte así en un laboratorio de sensaciones, en una exploración radical de hasta dónde puede estirarse el cine cuando se libera de sus propias reglas.
En lo corporal, la película encuentra uno de sus núcleos más potentes. Las actuaciones no responden a una lógica tradicional, sino que se transforman en movimientos, en impulsos, en coreografías que nacen desde lo instintivo. Hay una constante sensación de improvisación, de inmediatez, como si cada gesto estuviera ocurriendo por primera vez frente a nosotros. El cuerpo deja de ser un vehículo narrativo para convertirse en un campo de batalla emocional.
La música —atravesada por la energía del rock— no es un simple acompañamiento: es motor, es ritmo interno, es latido. Marca el pulso de la experiencia y amplifica la atmósfera, envolviendo al espectador en una especie de trance donde la imagen y el sonido se funden en una misma intensidad.
Lo que emerge de todo esto no es una historia que se pueda explicar fácilmente, sino una sensación que permanece. The Addiction no busca ser comprendida, sino vivida. Es cine que se siente en el cuerpo antes que en la razón, que incomoda, que sacude, que deja una huella difícil de borrar.
En el cortometraje experimental “The Addiction”, William Viera no construye una narrativa convencional: convoca una experiencia. Una inmersión total que arrastra al espectador hacia un territorio donde el caos, la catástrofe y lo alucinatorio se funden en una sola pulsión cinematográfica.
Desde sus primeros instantes, la obra se percibe como una caída libre. El montaje —fragmentado, agresivo, casi febril— rompe cualquier linealidad y convierte el tiempo en una materia maleable, impredecible. La corrección de color no embellece: irrumpe, distorsiona, hiere la imagen hasta volverla una extensión del estado emocional que atraviesa la pieza. A esto se suma un diseño sonoro crudo, saturado por momentos, que no acompaña la imagen, sino que la confronta, la tensiona, la empuja hacia un límite sensorial donde todo parece a punto de colapsar.
Aquí es donde Viera se permite lo que muchos cineastas evitan: el exceso, el riesgo, la pérdida de control como lenguaje. The Addiction se convierte así en un laboratorio de sensaciones, en una exploración radical de hasta dónde puede estirarse el cine cuando se libera de sus propias reglas.
En lo corporal, la película encuentra uno de sus núcleos más potentes. Las actuaciones no responden a una lógica tradicional, sino que se transforman en movimientos, en impulsos, en coreografías que nacen desde lo instintivo. Hay una constante sensación de improvisación, de inmediatez, como si cada gesto estuviera ocurriendo por primera vez frente a nosotros. El cuerpo deja de ser un vehículo narrativo para convertirse en un campo de batalla emocional.
La música —atravesada por la energía del rock— no es un simple acompañamiento: es motor, es ritmo interno, es latido. Marca el pulso de la experiencia y amplifica la atmósfera, envolviendo al espectador en una especie de trance donde la imagen y el sonido se funden en una misma intensidad.
Lo que emerge de todo esto no es una historia que se pueda explicar fácilmente, sino una sensación que permanece. The Addiction no busca ser comprendida, sino vivida. Es cine que se siente en el cuerpo antes que en la razón, que incomoda, que sacude, que deja una huella difícil de borrar.