


Director: Jesús Herrera Jaimes
Director: Jesús Herrera Jaimes








Hacer cine desde la nostalgia es, en el fondo, intentar filmar aquello que duele sostener. En el cortometraje mexicano Un gallo cargado de nostalgia, Michelle Chisikovsky construye una obra íntima y silenciosa que no necesita alzar la voz para atravesar la pantalla. Es un relato marcado por la tristeza, la memoria y la soledad, pero sobre todo por ese impulso profundamente humano de evitar el pasado porque recordar significa volver a sentir.
La película se sostiene en una verdad simple y universal: el hogar nunca es solo un lugar, es una memoria viva. La casa de la protagonista deja de ser un escenario para convertirse en un personaje central, cargado de tiempo y significado. Hoy aparece vacía, fría, cubierta de polvo y objetos empaquetados; pero en sus paredes aún resuenan los ecos de una familia completa, de risas compartidas y de una vida que alguna vez pareció intacta.
Ese contraste entre un pasado luminoso y un presente deshabitado conecta con una experiencia profundamente colectiva, especialmente cercana a muchas familias latinoamericanas y mexicanas, donde el hogar guarda historias afectivas y generaciones enteras. El cortometraje entiende que el dolor no siempre proviene de lo que ocurrió, sino de aquello que ya no puede volver a ser.
La protagonista no intenta recuperar el pasado ni llenar un vacío imposible. Su conflicto es más silencioso y real: aceptar que ya no pertenece a ese lugar. Permanecer duele, pero marcharse también. En esa tensión surge una despedida breve, contenida, que revela cómo a veces el acto más amoroso hacia uno mismo es alejarse de aquello que todavía se ama.
La dirección de Chisikovsky destaca por su precisión emocional. Evita el dramatismo evidente y construye un relato donde la emoción habita en los gestos mínimos, en los espacios, en los silencios. La película sugiere que, aunque amemos nuestros recuerdos, siguen siendo pasado, y que soltar no significa traicionar la memoria, sino proteger el presente.
En lo técnico, este cortometraje mexicano sostiene su fuerza con un lenguaje visual y sonoro cuidadosamente trabajado. La fotografía acompaña la transformación del hogar y del mundo interior de la protagonista, mientras el diseño sonoro refuerza la sensación de intimidad y distancia. La producción alcanza un acabado profesional que potencia la experiencia sensorial sin distraer del núcleo humano de la historia.
La propia directora ha señalado que este proyecto nace de una necesidad profundamente personal: hablar, a través del lenguaje que más ama, de uno de los momentos que marcaron su vida. El cine se convierte así en una forma de expresar lo que no siempre puede decirse directamente, usando el lente, el encuadre y el sonido como un vocabulario emocional capaz de revelar lo más honesto de su mundo interior.
De esta manera, el cortometraje se vuelve más que un relato: se convierte en cierre y sanación. Nos recuerda que el cine no consiste en permanecer inmóvil frente a la pantalla, sino en provocar un movimiento interior en quien lo mira. Y en esa invitación íntima a sentir, Un gallo cargado de nostalgia encuentra su verdadera fuerza: mostrarnos que la nostalgia puede doler, pero también puede ser el primer paso para soltar y seguir adelante.
Hacer cine desde la nostalgia es, en el fondo, intentar filmar aquello que duele sostener. En el cortometraje mexicano Un gallo cargado de nostalgia, Michelle Chisikovsky construye una obra íntima y silenciosa que no necesita alzar la voz para atravesar la pantalla. Es un relato marcado por la tristeza, la memoria y la soledad, pero sobre todo por ese impulso profundamente humano de evitar el pasado porque recordar significa volver a sentir.
La película se sostiene en una verdad simple y universal: el hogar nunca es solo un lugar, es una memoria viva. La casa de la protagonista deja de ser un escenario para convertirse en un personaje central, cargado de tiempo y significado. Hoy aparece vacía, fría, cubierta de polvo y objetos empaquetados; pero en sus paredes aún resuenan los ecos de una familia completa, de risas compartidas y de una vida que alguna vez pareció intacta.
Ese contraste entre un pasado luminoso y un presente deshabitado conecta con una experiencia profundamente colectiva, especialmente cercana a muchas familias latinoamericanas y mexicanas, donde el hogar guarda historias afectivas y generaciones enteras. El cortometraje entiende que el dolor no siempre proviene de lo que ocurrió, sino de aquello que ya no puede volver a ser.
La protagonista no intenta recuperar el pasado ni llenar un vacío imposible. Su conflicto es más silencioso y real: aceptar que ya no pertenece a ese lugar. Permanecer duele, pero marcharse también. En esa tensión surge una despedida breve, contenida, que revela cómo a veces el acto más amoroso hacia uno mismo es alejarse de aquello que todavía se ama.
La dirección de Chisikovsky destaca por su precisión emocional. Evita el dramatismo evidente y construye un relato donde la emoción habita en los gestos mínimos, en los espacios, en los silencios. La película sugiere que, aunque amemos nuestros recuerdos, siguen siendo pasado, y que soltar no significa traicionar la memoria, sino proteger el presente.
En lo técnico, este cortometraje mexicano sostiene su fuerza con un lenguaje visual y sonoro cuidadosamente trabajado. La fotografía acompaña la transformación del hogar y del mundo interior de la protagonista, mientras el diseño sonoro refuerza la sensación de intimidad y distancia. La producción alcanza un acabado profesional que potencia la experiencia sensorial sin distraer del núcleo humano de la historia.
La propia directora ha señalado que este proyecto nace de una necesidad profundamente personal: hablar, a través del lenguaje que más ama, de uno de los momentos que marcaron su vida. El cine se convierte así en una forma de expresar lo que no siempre puede decirse directamente, usando el lente, el encuadre y el sonido como un vocabulario emocional capaz de revelar lo más honesto de su mundo interior.
De esta manera, el cortometraje se vuelve más que un relato: se convierte en cierre y sanación. Nos recuerda que el cine no consiste en permanecer inmóvil frente a la pantalla, sino en provocar un movimiento interior en quien lo mira. Y en esa invitación íntima a sentir, Un gallo cargado de nostalgia encuentra su verdadera fuerza: mostrarnos que la nostalgia puede doler, pero también puede ser el primer paso para soltar y seguir adelante.